La trayectoria montañera y aventurera de Andrés Espinosa
Echebarria es tan vasta que no conoce más límite que su portentosa imaginación.
Sus primeros pasos discurren, en compañía del pintor Enrique Renteria,
por la Sierra de Aramotz (Legarmendi), que ira conformando el paisaje
y las andanzas de su niñez. Un siglo después nos disponemos a seguir su
huella por uno de los itinerarios que recorrió con más frecuencia.
Mientras caminamos por la ruta que lleva el nombre de Andrés nos vienen
a la memoria sus portentosas hazañas, realizadas siempre en solitario:
la intrépida escalada al Naranjo de Bulnes, las prestigiosas ascensiones
del Mont Blanc y del Cervino, las aventuras a través del desierto y de
la selva en busca de las míticas cumbres del Sinaí y del Kilimanjaro,
su extraordinario viaje hasta las faldas del Himalaya.... En sólo seis
años Espinosa se convirtió en uno de los alpinistas más célebres de la
época.
La personalidad de Andrés abarca otras muchas facetas,
además de la deportiva: es un hombre culto, un humanista heredero de la
ilustración, dotado de grandes facultades pictóricas y literarias. Es
un ser sensible, un místico que admira y respeta la naturaleza, un precursor
por tanto del ecologismo. Todas esas cualidades están plasmadas en su
valiosa obra escrita, poco conocida y en parte todavía inédita.
La ruta Andrés Espinosa que guía nuestros pasos constituye un merecido
homenaje como hijo predilecto de Zornotza – Amorebieta. A través de este
reconocimiento público recuperamos para la historia la legendaria figura
de un vasco universal que, ciñéndose al lema: cada vez más alto, más difícil
o más distante, viajando por tierras y mares en pos de las cumbres de
tres continentes, contribuyó a popularizar y democratizar la práctica
del montañismo.
Luis Alejos, autor de “El montañero y aventurero Andrés Espinosa”.
Todo montañero se inicia con cumbres sencillas y sueña
con montes cada vez más altos y difíciles. El zornotzarra Andrés Espinosa
destacó por conquistar en solitario cimas de tres continentes en los años
30. Probablemente, caminando por estos senderos fue como enraizó en él
esa pasión tan intensa por la naturaleza y la montaña.
Tras conocer la geografía montañera de la zona, su siguiente objetivo
fueron las cumbres más altas del estado. Ya en sus primeras excursiones
solitarias monte Perdido, Mulhacén, Veleta, Urbión, Teide y otros muchos
picos demostró ser un atleta con una fortaleza física y psíquica excepcionales.
El fueron escalados por las abarcas de Espinosa, desarrollando paso a
paso una especial relación con la naturaleza.
El 30 de julio de 1928 Espinosa marca un hito en la historia del alpinismo vasco. En una excursión por los Picos de Europa, se encaramó a la base del Naranjo de Bulnes descalzo y sin cuerda. Aunque no llevaba intención de subirlo, se sintió cómodo y, sin pensárselo dos veces, escaló la pared hasta su cumbre. Esta ascensión dejó boquiabiertos a muchos montañeros del estado y se fue haciendo popular en la prensa de la época.
Al año siguiente, la confianza que adquirió con las escaladas
de la península le animó a aventurarse en la gran cordillera de los Alpes.
Protagonizó una de las gestas montañeras más relevantes de la historia
del alpinismo: calzado con sus clásicas abarcas y unos crampones, escaló
por primera vez en solitario el Mont Blanc y el Cervino. No fueron ascensiones
sencillas, pues pasó hambre y frío, soportó tormentas de granizo y nieve,
y en más de una ocasión tuvo caídas peligrosas. Pero el montañero vizcaíno
demostró ser capaz de superar cualquier adversidad, gracias a su fortaleza
y tenacidad.
Estas increíbles ascensiones serán un punto de inflexión en la carrera
deportiva de Andrés. Mientras su fama se extiende, él se transforma en
un fugitivo que ha encontrado en la naturaleza el silencio y la verdad
y comienza a soñar con cumbres más altas.
Entre las muchas hazañas protagonizadas por el zornotzarra Andrés Espinosa la increíble aventura africana es, sin duda, la más destacada. No sólo por ser la primera expedición vasca fuera del continente europeo, sino también por convertirse en el primer hombre del mundo que subió en solitario el Kilimanjaro (6.010 m).
En agosto de 1930 se embarca rumbo a Alejandría (Egipto).
Tras visitar El Cairo y sus famosos pirámides, el montañero vizcaíno se
adentra en la península del Sinaí. Después de caminar durante cuatro días
por desiertos y montañas, consigue subir al bíblico monte Sinaí y a la
cima de Yebel Katherin.
A continuación se dirige a la ciudad de Suez para tomar un barco que le
llevará hasta Kenia. Una vez en Mombasa, continúa su viaje en tren, para
recorrer luego las salvajes tierras de Tanganika. Tras nueve días caminando
en solitario, con modesto material y escasa comida, durmiendo a la intemperie
y afrontando fuertes tormentas de nieve, logra coronar el techo de África.
A pesar de tener que soportar situaciones muy duras, demostró estar dotado
de una enorme valentía y unas condiciones físicas y psíquicas excepcionales.
Dos años mas tarde, en 1932, vuelve a sentir la llamada de África y se decide a marchar a Marruecos, para adentrarse en la cordillera del Atlas. Desde Bilbao a Marrakech visita muchos lugares, que los va reflejando tanto por escrito como mediante dibujos en su cuaderno de viajes. Accede a la cordillera desde el pueblo de Asni y, tras escalar la cima más alta (Toubkal 4.500m), prosigue cinco días más explorando otras cumbres del Atlas. Emprenderá el camino de regreso, pasando por numerosos pueblos y ciudades marroquíes.
Tras las solitarias escaladas de los Alpes (1929) y la
increíble aventura del Kilimanjaro (1930), Espinosa se engancha definitivamente
a la alta montaña. Superados los seis mil metros, sueña con cimas más
altas. Como él mismo reconoce, la montaña le ha atrapado: “...soy un
vasallo de las masas inmaculadas, y voy por ellas, como si toda mi existencia
tuviese que deslizarse sobre su blanco manto”.
En Las primeras décadas del siglo XX se está desarrollando la adolescencia
del Himalayismo. Los estados más poderosos se disputan la gloria de superar
las montañas de 8.000 metros y para ello organizan grandes y costosas
expediciones nacionales: los ingleses al Everest, los suizos al Nanga
Parbat, los alemanes al Kangchenjunga, los franceses al Annapurna, los
italianos al K-2 etc. Llegar a la cumbre se convierte en cuestión de estado.
Desde muy joven Espinosa estuvo fascinado con el sueño de conocer el Himalaya.
Mas sabía que en solitario no tenía posibilidad alguna de coronar ninguna
de sus cumbres. Por ello, albergaba la esperanza de llegar hasta Darjeeling
e intentar que Mr Bauer, jefe de la expedición alemana al Kangchenjunga,
le admitiera en su equipo.
Todo decidido, sale el 22 de junio de 1931 de Bilbao hacia Marsella, donde se embarca rumbo a Port Said (Egipto). Cruzando el Mar Rojo, arriba a Djibouti, atraviesa el Océano Índico y, después de una breve escala en Colombo (Sri Lanka), llega a Madrás (India), tras veintidós días de navegación. Sigue en tren, primero hasta Calcuta y luego en otro más pequeño hasta Dajeeling. Es aquí donde se encuentra con su gran obstáculo: la burocracia. Los alemanes han partido ya y Espinosa no consigue el permiso para adentrarse solo en la montaña. Tras visitar varias ciudades de la India, decide emprender el regreso un tanto entristecido.
Veinte años más tarde, los franceses Maurice Herzog y Louis
Lachenal serán los primeros hombres en ascender un 8.000, al alcanzar
la cumbre del Annapurna en junio de 1950. Sin lugar a dudas, Espinosa
fue un montañero que se adelantó a su tiempo. Aquellas abarcas de goma
dieron un gran paso en el montañismo vasco.
Ilustraciones: I. Larrinaga